Moscas en la cara

Desde que el ser humano descubrió el poder de su reflejo –ya sea en aguas cristalinas o metales pulidos–, el peso de la vanidad y la autocrítica arruinaron la comodidad de nuestra perfecta imperfección. Que si la nariz, que si los pómulos, que si el cabello, que si las cejas, que si los dientes, que si los labios… nuestro sentir de belleza depende de nuestra propia apreciación y también de las modas de la época. 

Pensemos en las delgadas cejas depiladas de la década de los noventa que tuvieron que transformarse con maquillaje, cepillos y tatuajes para ser mucho más frondosas y parecerse a las cejas de Cara Delevingne. Recordemos el boom de los fillers y de los peligrosos succionadores para tener los gruesos y voluminosos labios de Kylie Jenner. O peor, meditemos sobre la arriesgada moda del relleno brasileño de glúteos porque no tener trasero es retrógrada, aburrido y no instagrameable. 

Lo mismo ocurre con los lunares. Adulados o criticados, las pecas y lunares faciales han decidido el destino de una mujer a lo largo de la historia de la estética. Incluso pictóricamente, muchos cuadros tuvieron restauraciones para eliminar estos elementos que mermaban, incluso, la belleza de la obra.

En la Antigua Grecia, donde todo hombre se medía en una escala de simetría y armonía, tener lunares era una desgracia; pero en los antiguos pueblos persas y árabes, era un signo de belleza y unicidad. Durante la época de la Santa Inquisición, tener un lentigo en la cara era símbolo de que un demonio había entrado a un cuerpo y esa persona terminaba en la hoguera acusada de brujería.

Fue hasta el siglo XVII que los lunares se redimieron, teniendo una cabida importante en la sociedad francesa durante los reinados de Louis XIV (1638-1715) y Louis XV (1770-1774). Las mouches –o “moscas” en francés–, eran una pequeña pieza de tafetán negro, terciopelo o seda (o piel de ratón si uno tenía bajos ingresos y quería aparentar)  en colores negro, rojo, morado y azul, que se colocaban en la cara, cuello y pecho. 

Retrato de Henry Danvers, primer Conde de Danby, de Anthony van Dyck, 1630s. En su sien, se ve una mosca en forma de media luna enalteciendo una herida conseguida en una batalla contra Irlanda. (Fuente de la imagen: Wikipedia)

Las moscas eran unisex. La época en la que nacieron fue en donde la varicela y la viruela no estaban controladas y dejaban terribles marcas en el rostro. Pero a partir de 1796, cuando se encontró la vacuna contra la viruela, este accesorio dejó de cubrir imperfecciones o cicatrices de guerra, para convertirse en un método de coquetería y seducción. 

Dama con abanico, de Johann Heinrich Tischbein, 1753. (Fuente de la imagen: The Dreamstress)

A veces de diferentes formas como lunas, corazones y estrellas, la tradicional mouche redonda tenía diferentes nombres y significados dependiendo de dónde se colocaba. Igualmente, el número de lunares hablaba de la soltura económica del usuario. Si se abusaba de ellas, podría parecer que la persona estaba o desesperada por llamar la atención, o que era de moral distraída, debido a que intentaban ocultar las ronchas de sífilis, una enfermedad sexual que indicaba presuntamente una vida pecaminosa, pronta y llena de vicios.

Un grabado de Louis Surugue, 1745, donde una mujer mayor busca verse más joven usando muchas moscas en la cara. (Fuente de la imagen: La Otra Psiquiatría)
Este detalle de A Harlot’s Progress de William Hogarth de 1732 muestra a Elizabeth Needham, una prostituta mayor tachonada de parches causa de la sífilis, saludando a la joven Moll Hackabout. (Fuente de la imagen: Bluety)

Esta moda cruzó fronteras y se popularizó en Inglaterra y en otros países de la Europa continental. Incluso, varias mujeres retratadas en esa época portaban un gran lunar en las sienes llamado plaister –o “plasta”, o “yeso”–, que con un ungüento de hierbas prevenía los dolores de cabeza y muelas y las migrañas.

Retrato de un dama usando un parche, de Robert Peake, 1619-1621. (Fuente de la imagen: Wikipedia)

Como producto de gran popularidad, derivó toda una serie de objetos: cajitas donde guardarlas llamadas boîtes à mouches, aplicadores y pegamentos. Asimismo, había boutiques especializadas en las cuales grandes modistas y diseñadores de moda querían destacar.

Con la Revolución francesa, el maquillaje buscó ser más natural evitando los excesos de polvos aclarantes y moscas en la cara. Poco a poco, se regresó a infravalorar a los lunares como marcas indeseadas que rebajaban la belleza de los rostros femeninos. 

Una dama en su baño, de François Boucher, 1738. Aquí, la señorita se está colocando varias moscas en su cara. (Fuente de la imagen: artnet)

Fue hasta el siglo XX que algunas personalidades causaron polémica por los lunares que tenían en la cara. Marilyn Monroe en la década de los sesenta, Elizabeth Taylor en los setenta, Madonna en los ochenta, y Cindy Crawford en los noventa, le abrieron la puerta a muchas personas que pensaban que era una mancha diabólica sinónimo de fealdad para comprobar que simplemente los mismos eran un toque bello y único con los que podían destacar. 

Los lunares y las pecas son un signo de distinción y no hay que avergonzarse de ellos. Pero –y siempre hay un pero–, hay que estar a pendiente de que no tengan crecimientos o cambios significativos que puedan ser un síntoma de melanoma. Si notan alguno, vayan al doctor… y por favor, usen en todo momento protector solar.

Publicado por Miss Chalak

Curiosa empedernida y adicta a la hipervinculación. Descubrió que es amante de la semiótica y los idiomas cuando estudiaba una maestría en Historia del pensamiento. No entiende por qué decidió describirse en tercera persona.

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