Ir a la estética como grito feminista

Hace unas semanas me fui a cortar el pelo. ¡ZAZ! Cuarenta centímetros de tajo. El año pasado cerré muchos ciclos, toqué fondo, tuve episodios de mucho estrés, y entre una cosa y otra, de verdad necesitaba un buen corte de cabello. ¿Pero por qué es tan catártico y terapéutico que una mujer se corte el cabello?

Fácil: porque nos empodera. Es como si después de años de ahorro te compras una moto acuática que sólo usarás un par de veces; la podrás revender, pero nunca te arrepentirás de no haberla comprado y gozado. Con el pelo es igual, por fin, después de invertir en champúes y tratamientos capilares, decides por cuenta propia desquitar todo ese tiempo de cepillado, alaciado, enchinado, trenzado… con un par de tijeretazos. Te vuelves dueña de tu propio destino. Empiezas a recobrar el control de tu vida. Decides ser guapa para ti… con la ayuda de Frank el peluquero.

Y todo esto no es parte de un tributo a la personalidad actual y superficial. No corresponde solamente a un apapacho emocional desde que la gente se dio cuenta de la importancia de la salud mental. No. La decisión de qué hacer con el cabello de una es el grito histórico del feminismo que hace eco en los nuevos salones spa.

Durante mucho tiempo, el sexo masculino decidió que el símbolo de poder y masculinidad iba a ser el pelo y el vello, tanto facial como corporal. Pensemos en el arte griego; por fin un arte creado por el arte, y, que además, era exaltador de las maravillosas capacidades creadoras del ser humano… pero el pelo como signo de virilidad era evidente.

Al parecer, desde la Antigua Grecia, las mujeres ya conocían la depilación brasileña. Para hablar sobre la Edad Media, es un poco más difícil encontrar obras artísticas que demuestren mi argumento folicular, porque casi todos los artistas se enfocaron a exaltar a Dios y muchas de las figuras tanto femeninas y masculinas provenían de la Biblia, por lo que Adán y Eva, en sus representaciones, fueron muy recatados y los pelos no eran de tanta importancia.

Pero, en el Renacimiento, regresamos a esta tendencia del pelo patriarcal. Todas las mujeres que fueron pintadas o esculpidas en esa época fueron dueñas de una hermosa melena, muchas veces, despeinada por el viento, pero no poseyeron ningún pelo de más.

John Berger, un crítico inglés de arte, en su libro Ways of Seeing, habla de la desigualdad en las políticas de género. ¿A qué se refiere? A que los hombres son expuestos para liderear el mundo, mientras que las mujeres son entidades para embelesar una habitación. En obras pictóricas, los hombres peleaban guerras, descubrían tierras exóticas, mataban fieras, y las mujeres, o se están viendo a sí mismas en un espejo o existían desnudas de manera pasiva. Berger por eso dice:

«El principal protagonista nunca es retratado. Es el espectador en frente de la pintura, y seguramente, es un hombre».

(HOWELLS Y NEGREIROS 2012)

La mujer se vuelve un ente para dar placer a los espectadores masculinos. Si está desnuda, no es porque está viviendo su propia sexualidad, es porque es un objeto de deseo. Ésta debe cumplir con todos los fetiches de los caballeros: cara bonita, pelo largo, piel depilada… y personalidad pasiva. Tan pasiva, que incluso en los cuadros del siglo XVIII, las odaliscas fueron temática de moda porque no sólo eran mujeres misteriosas que provenían de tierras lejanas, sino, porque eran esclavas del sultán.

La gran odalisca de Jean-Auguste-Dominique Ingres.

Poco a poco, la mujer fue retratada siendo más activa, más aguerrida. De ser lo equivalente a un florero, se convirtió en una alegoría. De estar en una habitación, empezó a salir a la calle, a tener voz propia, a defender sus ideales… aunque seguía siendo rasurada por las pinceladas del artista, porque todavía no era grato ver vellosidades en una mujer.

La Libertad guiando al pueblo de Eugène Delacroix. El pueblo contra los burgueses, pero una mujer francesa revolucionaria siempre tiene tiempo para depilarse las axilas.

Pero, en 1866, todo cambió. Un artista llamado Gustave Courbet realizó una pintura que no sólo retrataría a una mujer como lo que era, no sólo inspiraría uno de los dichos más ciertos e impúdicos que cualquiera pudiese escuchar, pero dio a la mujer el poder de la creación. La mujer se volvió activa y un símbolo masivo de libertad volviéndose el único ser capaz de dar vida al mundo.

El origen del mundo de Gustave Courbet. Es increíble que no puedes tener una buena fotografía de esta obra en Google por la censura.

Desde 1866, las mujeres podemos vivir sexualmente en el arte. Adiós a la depilación forzada con pinceladas color carne. Adiós a tener un tabú escondido debajo de las enaguas. A partir de ese cuadro, las mujeres ya pudimos ser realmente retratadas como lo que somos: hijas, hermanas, madres, granjeras, reinas, amantes, aristócratas, prostitutas… de todo menos floreros bonitos.

Nos volvimos dueñas de nuestro destino un pelo a la vez. Fue hasta los años veinte del siglo XX, donde incluso, las mujeres se rebelaron y empezaron a dejar los rizos y las trenzas en las peluquerías. Muchos hombres lo tomaron a mal: unos llamaban a estas mujeres «pelonas», otros, las asediaban y las rapaban para darles una lección.

La historia del creador de las «Pelonas». Fuente: El Universal.

«El cabello es la mujer, la carne, la feminidad, la tentación, la seducción, el pecado. Rapar a alguien, hombre o mujer, es tomar posesión de él, es anonimizarlo».

Michelle PERROT, El Universal.

Siglos de que otros decidiesen por las mujeres sobre qué o qué no hacer con el pelo. Para unas culturas, el cabello de la mujer es un conato de pecado, para otras, un producto, a tal grado que lo venden hasta por $3000 pesos para hacer pelucas. Pero cuando decidimos tomar las decisiones pertinentes sobre nuestra vida y nuestra capilaridad, fuimos independientes. Y cada vez que una de nosotras se corta el pelo, se lo pinta o se lo peina, está haciendo una declaración social de que ya nadie decide por nosotras ni en lo que queremos convertirnos. Entonces, la próxima vez que quieran criticar a una mujer por pasar mucho tiempo en un salón de belleza, recuerden que no está ahí sólo por vanidad, realmente está divirtiéndose, arriesgándose, y jugando con su libertad.


	

Publicado por Miss Chalak

Curiosa empedernida y adicta a la hipervinculación. Descubrió que es amante de la semiótica y los idiomas cuando estudiaba una maestría en Historia del pensamiento. No entiende por qué decidió describirse en tercera persona.

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