Chagall y el amor entre cabras y violines

Marc Chagall (1887-1985) nació en Vítebsk, –antiguo Imperio ruso, ahora Bielorrusia– en una familia jasídica, siendo el mayo de nueve hermanos. Su vida no fue sencilla: Moishe Segal (su verdadero nombre) al ser judío no podía estudiar en la escuela pública ni ir a la capital sin un permiso especial, dos de sus hermanos murieron a tierna edad, y le tocó presenciar los horrores de la Gran Guerra, la inestabilidad de la Revolución rusa, y el holocausto de su pueblo durante la Segunda Guerra Mundial.

El artista en su estudio. (Fuente de la imagen: XLSemanal)

A pesar de todo esto, él y su familia supieron contrarrestar las adversidades. Su madre, un manojo de alegría y sobrevivencia, sobornó al maestro de su pueblo para que su hijo pudiera cursar la educación primaria e hizo todo en su poder para cumplir los deseos de éste para ser artista. Después de tomar cursos en su adolescencia con Pen, fue a San Petersburgo, a la meca de la cultura rusa, con un permiso especial por su religión, para estudiar en Stieglitz pero falló el examen de ingreso. Sus ganas eran tantas que entró entonces en la Sociedad Imperial para la Motivación de las Artes donde obtendría parte de su teoría pictórica.

Su vida es una gran dicotomía. Aunque su religión le impedía retratar personas, en gran parte de sus obras capta diferentes tipos de personajes. A pesar de que sus obras en París y Berlín tenían reconocimiento por su ingenio y mezcla de las vanguardias fauvista, cubista y “superrealista” –como Guillaume Apollinaire describió los cuadros de Chagall antes de que existiera el surrealismo–, los artistas de su patria decían que éstas eran demasiado figurativas y aburridas en comparación de Malevich y Kandinsky. No obstante el mundo se estaba derrumbando a su alrededor, su obras irradian optimismo, felicidad, esperanza, y muchas veces amor.

Marc y Bella. (Fuente de la imagen: Galerías de Arte Barcelona)

El amor y Chagall, o Chagall y el amor, se representan el uno al otro. Prueba de esta metonimia son las obras que realizó inspirado por su primer gran amor, Bella Rosenfeld. A ella la conoció en 1909, a través de Thea Brachman, una amiga en común. En sus memorias relata su encuentro de esta forma: “¡De repente me di cuenta de que no era con Thea con quien debía estar sino con ella! Su silencio era el mío. Su ojos, míos; era como si me conociera desde siempre, como si conociera toda mi infancia, mi presente, mi futuro; como si me estuviera cuidado, mirando  de cerca dentro de mí, aunque la veía por primera vez. Sentí que era mi esposa”. Y a pesar de que él era de origen pobre y campesino y ella de una familia adinerada, se casaron en 1915. 

La Mariée de Marc Chagall, 1950. (Fuente de la imagen: Shopify)

Sus años de luna de miel fueron entre 1923 y el principio de la Segunda Guerra Mundial, cuando tuvieron que huir a Estados Unidos para eludir el destino de muchos judíos europeos de ser llevados a un campo de concentración. Durante su idilio amoroso, Chagall sólo podía pintar lo que tenía en el corazón: amor a su esposa Bella. Ejemplo de esto es La Mariée o La esposa. Aunque está datado en 1950, el artista postdataba sus obras, por lo que es difícil saber realmente cuándo las realizó.

Incluso, y después de la muerte de Bella, la siguió pintando. Tuvo otra musa, Vava, como le decía a su nueva compañera Valentina Bródskaya, pero en muchos de sus retratos, aparecía el halo de su primera esposa. Chagall conoció el dolor, pero eso no lo desanimó por mucho tiempo a dejar de pintar; sabía que la vida tiene cosas buenas y cosas malas, pero una de las cosas más importantes es el amor. Por eso, el amor, ese extraño color que varía según el crisol con que se mira, siempre fue su tonalidad favorita.

En nuestra vida hay un solo color, como en la paleta de un artista, que ofrece el significado de la vida y el arte. Es el color del amor.

Marc Chagall.

Publicado por Miss Chalak

Curiosa empedernida y adicta a la hipervinculación. Descubrió que es amante de la semiótica y los idiomas cuando estudiaba una maestría en Historia del pensamiento. No entiende por qué decidió describirse en tercera persona.

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